martes, 23 de octubre de 2018

Lección 4: ¿Para qué hace falta la Ética?

La respuesta es sencilla: hay veces en las que no sabes cómo tienes que comportarte para hacer lo mejor; y veces en las que no basta la obligación y el temor a la sanción para hacer lo mejor. Si continúas leyendo, lo entenderás.


Hasta ahora te he mostrado que en tu vida cotidiana hay dos tipos de actos:
  • los que haces sin pensar, casi por instinto: son las decisiones que te toman a ti;
  • y los que te detienes a pensar antes de realizarlos, esforzándote en prever tus motivaciones y sus consecuencias: ¿por qué los haces? ¿cuáles serán sus efectos?

A estas alturas, después de la Lección 1 y 2, estarás de acuerdo conmigo en que con frecuencia en tu vida diaria hay comportamientos de la primera clase: de ésos en los que actúas sin pensar bien lo que haces. 


Sigamos ahora poniendo en orden la “selva de tus actos”. Ya te hice la comparación en la Lección 2: es como si el jardinero del palacio real que cuida los bellos jardines de su majestad, tuviera que poner orden en una frondosa selva tropical.
¿Por qué te acabas los garbanzos en el comedor? Porque se trata de una orden de tu monitora, de tu profesor encargado, de tu tutor y, en la distancia, de tu madre, que te dicen “No salgas del comedor sin haberte terminado la comida del plato.
¿Por qué al salir del comedor te vas la pérgola del Patio Verde? Porque tú y tus compañeros más amigos tenéis la costumbre de pasar el recreo sentados en el césped de aquella zona. Para encontraros en un colegio tan grande es práctica la costumbre de reunirse en un lugar fijo.
¿Por qué hoy el bocadillo ha sido de nocilla y no de chorizo? Porque esta mañana, al abrir el frigorífico para coger la leche, viste el bote de nocilla, tuviste el capricho y le dijiste a tu madre que no te pusiera lo de siempre, que cambiara a la nocilla.
Por lo general, tus actos cotidianos responden a uno de estos tres grandes motivos: órdenes, costumbres y caprichos.


La orden recibe su fuerza del temor y del afecto. Mejor del afecto que del temor. Me explico. Aunque por las mañanas hagas -casi sin darte cuenta, de lo cansado y somnoliento que todavía estás- lo que tienes por costumbre hacer, en el fondo, más que una costumbre es una orden de tus padres. Esa orden que dice: “Tienes que ir al colegio”. Probablemente, sea una de las órdenes más importantes que has recibido de ellos.

Si cumples esta orden de tus padres -que tanto esfuerzo te supone: madrugar y no trasnochar, aprovechar el tiempo en clase y repasar en casa para conseguir buenas notas, renunciar a horas de TV y de Play, etc- es porque:



  • Por un lado, les tienes sano temor: sabes que no ser responsable con tus estudios puede ser motivo de enfado y de castigo; en este caso, temor no es miedo; a tus padres no les tienes miedo; es aprender que todo cuanto haces y dejas de hacer tiene consecuencias y que éstas pueden ser positivas y negativas para ti y para los demás. No cumplir con tus estudios puede traer aparejado un castigo: ¡sin Play o sin móvil hasta las próximas notas!

  • Y, por el otro, y sobre todo, confías en ellos: aunque haya veces que no te apetezca y pienses que, en este asunto de los estudios, tus padres son demasiado exigentes contigo, sabes que ellos quieren lo mejor para ti y que si les dan tanta importancia es porque, sin duda, son buenos para tu vida presente y futura. Tú crees en tus padres.


Si lo piensas bien, en el fondo, muchas órdenes de tus padres no tienes, pero, eso sí, las que tienes son fundamentales y te implican y complican mucho en tu quehacer diario:

  • trata con cuidado y cariño a tus hermanos,
  • di la verdad a tus padres,
  • no hagas daño a tus compañeros,
  • se respetuoso con tus profesores,
  • se responsable de tus estudios,
  • se cuidadoso al elegir tus amigos…

¿Falta alguna de las más importantes? En total son cinco o seis... Luego están esas otras órdenes, como, por ejemplo, métete la camisa por dentro, no hables con la boca llena, recoge tu plato de la cena, haz tu cama, etc.

Todas son consecuencias de las cinco o seis grandes órdenes que tienes en la vida: si no existiera la orden “di la verdad” y “se responsable de tus estudios”, no tendrías que enseñar la Agenda para te la firmen tus padres cuando un profesor te escribe en ella porque no haces las actividades o no traes el material a clase.

Dejando a un lado los actos que haces porque te los ordenan tus padres y tus profesores, el resto de cuanto haces o son costumbres o son caprichos.

La costumbre sirve para no tener que estar pensando continuamente qué hacer y cómo comportarse. Es cuestión de comodidad y de organización.

En determinadas circunstancias, las costumbres nos “resuelven” la vida, nos ahorran tener que pensar una solución para el mismo problema (no saber qué hacer ni cómo comportarse) cada vez que éste se presente.


  • Por ejemplo, ¿dejo la mochila en la puerta de mi habitación o en el pasillo de la cocina? Lo piensas una vez y decides dejarla cada noche donde es más difícil que se te olvide a la mañana siguiente, cuando salgas al colegio. Y basta, problema resuelto. Ya has instaurado una costumbre. Gracias a ella la vida te será más cómoda.

    • Por ejemplo, cuando te aburres y no sabes qué hacer, tienes la costumbre de buscar a tu hermano para ver qué está haciendo: unas veces, os pondréis a jugar juntos; otras, a pelearos… Lo cierto es que el día que él no está en casa, cuando no sabes qué hacer, te aburres más. Es lo que te pasa si estás castigado sin Play: te encuentras con una mañana de sábado en la que no sabes qué hacer. Y no saber qué hacer se llama aburrimiento.

    El aburrimiento, cae en la cuenta de ello, te surge cuando ni una orden ni una costumbre ni un capricho, te sirve para saber qué hacer.


    ¿Recuerdas el título de la Lección 1? Eso es: “Eres lo que haces”. Fíjate si hacer cosas es importante que cuando no tienes nada que hacer te sobreviene esa incómoda sensación llamada aburrimiento, que es algo así como una pantalla encendida en la que no aparece nada: por un momento, en el tiempo no ocurre nada.

    Pero la frontera entre la orden y la costumbre puede ser discontinua. Ya lo vimos arriba. Desde que te levantas hasta que sales al colegio, desde que regresas del colegio hasta que te acuestas, lo normal es que acostumbres a hacer lo mismo. Pero esa costumbre de merendar, ir a tu habitación a estudiar, entrar en la ducha, sentarte a cenar, meterte en la cama a leer, etc tiene como motivo último esas pocas órdenes fundamentales de tus padres: se cariñoso con tu familia, se responsable de ti mismo y de tus estudios...


    • Piénsalo. Si acostumbras a preparar la merienda a tu hermano, o a dejarle a él jugar a la Play recién llegados del colegio y tú hacerlo más tarde, o a cenar con tu familia y con la televisión apagada para hablar, estas costumbres responden a la orden “Se cariñoso con tu familia”.

      • Si acostumbras a ducharte antes de la cena, a cepillarte los dientes antes de ir a la cama, a ordenar la habitación cada mañana y guardar en el armario la ropa limpia cada tarde, a no estar con el móvil hasta las tantas de la noche y procurar quedarte dormido pronto, todo responde a la orden “Se responsable de ti mismo”.


        • Quizás tengas la costumbre de tomar la ruta en una parada que no has decidido tú, como sí has podido decidir dónde colocar la mochila, sino tu padre. Es la parada que mejor le viene a él de camino a su trabajo.

          • Quizás también tengas la costumbre de almorzar los domingos en casa de tus abuelos. Según has ido creciendo, es una costumbre que te resulta fastidiosa, no porque hayas ido perdiendo el cariño a tus abuelos, sino porque ellos no tienen Internet en casa. Es posible que llegue el momento en el que la costumbre se vuelva una orden pura y dura y vayas con cariño pero sin ganas y prefieras quedarte en casa solo o salir con tus amigos.

          Como ves, la distinción entre los actos cuyo motivo es una orden y una costumbre no está del todo clara.

          Finalmente, están los caprichos. Si las órdenes, y las costumbres con frecuencia te vienen de fuera, los caprichos parece que te nacen dentro. El capricho es algo que haces porque sí, porque quieres, porque te apetece, porque te gusta.

          La nocilla en el bocadillo de hoy, el color de la camiseta que elegiste ayer, la decoración de tu habitación, la mochila que llevas al colegio, las pulseras que tienes en las muñecas, etc. Pero a los caprichos les sucede lo mismo que a las órdenes y las costumbres. Se confunden. Parecen enteramente libres, pero no siempre son así.


          Se supone que un capricho lo elegiste, lo hiciste, porque quisiste. A menudo esto solo hay suponerlo. Cuando te acostumbres a pensar las cosas dos veces, te darás cuenta de que los caprichos a veces no son tan libres como tú crees

          Por ejemplo, ¿qué pasa cuando todos los amigos tenéis el mismo capricho y todos calzáis los mismos zapatos de deporte o jugáis al mismo juego de la Play o vestís ropa de la misma marca? Piensa esto: ¿no te sientes libre cuando obedeces una orden de tus padres y sí cuando eliges exactamente lo mismo que tus compañeros?


          ¿Recuerdas el título de lección? Míralo. Te voy a dar la primera respuesta a la pregunta de “¿Para qué te hace falta la Ética?”. Imagínate que tus padres se marchan de viaje. Te quedas solo en casa. Suena el despertador. Es la hora de levantarse. Hay que ir al colegio… ¡o no!


          La orden y la costumbre que imperan en una situación como ésta, son clarísimas... Y tu capricho también. La tentación de quedarte en la cama es grande. Cuando vuelvan tus padres de viaje siempre podrás decir (¡en caso de que te pregunten!) que no oíste el timbre del despertador:

          Le podrás contar a tu madre algo así: “Ya sabéis el sueño tan profundo que tengo… Además, estoy acostumbrado a que me despertéis vosotros”. La excusa puede colar.

          ¿Intuyes ya para qué sirve la Ética? Para que lo importante de tu vida lo hagas más por convencimiento que por obligación. Debe llegar el día en que te des cuenta de que ir al colegio y ser responsable de tus estudios es tan importante para ti que deje de ser solo una orden de tus padres y ya lo hagas con el mismo convencimiento con el que vas a los entrenamientos de futbito.


          La Ética te hace falta para pasar de la obligación y la sanción a la libertad y el convencimiento.

          Cuando llegue ese día en que en lo importante actúes con libertad y por convicción, entenderás que las órdenes son como la muleta que utilizas cuando te lesionas un pie y necesitas un punto de apoyo dado que no puedes cargar el peso de tu cuerpo en él.

          Dicho de otra manera, mientras tu convencimiento sea débil, infantil, inmadura, necesitarás de una orden (muleta) que te ayude a hacer lo importante.

          ¿Sabes para qué te hace falta la Ética? Otra respuesta. Para saber elegir (libertad) qué hacer cuando las órdenes, las costumbres y los caprichos no te dan indicaciones suficientes para determinar tu comportamiento.
          Te pongo un ejemplo de Aristóteles en su Ética a Nicómaco. Un barco mercante, que lleva un valioso cargamento en su bodega, está a la merced de una tremenda tormenta. El capitán se da cuenta de tiene que elegir entre el naufragio y aligerar el peso que porta la embarcación. Lo último significa o arrojar gran parte de la tripulación, que son sus hombres; o arrojar gran parte de la mercancía, que son lingotes de oro.

          La orden que el capitán ha recibido del armador del barco es clara: la mercancía debe llegar a su destino. Este es el negocio. Si la mercancía no llega su destino, el capitán no cobra. Y además es la costumbre. El capitán tiene buena fama, por eso los comerciantes lo prefieren a él cuando la carga es tan valiosa. En esta ocasión el dilema al que se enfrenta el capitán es duro. Sabe que el destino del oro es paliar el hambre de una ciudad castigada por la sequía.

          En una situación como ésta, no hay hueco para el capricho. El capitán no debe elegir dejándose llevar de lo que le apetece. Para elegir entre personas y tesoros, el capricho no vale. Y puede que la orden tampoco valga para decidir entre personas y tesoros. ¿Qué hacer?


          El capitán no es libre de ser libre. Es decir, quiera o no, una decisión va a tomar. Incluso si decide encogerse de hombros y encerrarse en el camarote y eludir su responsabilidad y no decir si salvar la tripulación o el cargamento, ya está decidiendo algo y su decisión tendrá trágicas consecuencias: habrá decidido que el barco se hunda con su tripulación y cargamento.

          Para cuando las órdenes, las costumbres y los caprichos no valen, uno tiene que estar preparado para saber elegir, para saber ser libre. Y a esto ayuda la Ética.

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