martes, 23 de octubre de 2018

Lección 3. “Actos de hombre” y “actos humanos”.

Muchos filósofos antiguos y medievales distinguían entre “actos de hombre” y “actos humanos”. Al pronto, te puede parecer que tanto da decir lo uno que lo otro y que, más allá de la diferencia sintáctica, el significado de los sintagmas “actos de hombre” y “actos humanos” es el mismo.


Pero para ellos no era lo mismo. Voy a tratar de explicarte la diferencia tal y como ellos la entendían. Presta atención.

Igual que a los demás animales, al hombre se le mueven las tripas y el corazón sin su expreso consentimiento. Son “actos de hombre” y “actos de canguro” y, en definitiva, de cualquier otro animal, incluido el buey y la cebra...

Pero el hombre, explicaban estos filósofos, tiene la posibilidad de ejecutar otro tipo de actos que no están tan automatizados y en los que sí cabe la mediación de su inteligencia y de su voluntad.

Mientras que los “actos de hombre” están compartidos con el resto de los animales, los “actos humanos”, en cambio, son específicamente del hombre.

Para estos filósofos antiguos y medievales, la línea de la inteligencia que separa a los animales irracionales de los racionales no era tan claramente discontinua como los etólogos la trazan hoy.


El gran Aristóteles, y todos los que luego se inspiraron en sus ideas, pensaban que, como el hombre es “el” animal racional (no el más llamativa e intensamente racional de los animales, sino el único racional), los actos exclusivamente humanos, aquellos actos que solo el hombre puede realizar, son los racionales, a los cuales llamaron “actos humanos”.

Por ejemplo, tú no puedes decidir sobre el cortisol que fabrica tu glándula suprarrenal pero sí puedes decidir encerrarte en tu presunto problema de amistad (“Mis compañeros me dejan de lado y me siento amigo de segunda”) o tratar de hablarlo con ellos y con otras personas convenientes (tus padres, educadores, hermanos mayores) para aclarar si esto es verdad o es una distorsionada percepción de la realidad, algo que con frecuencia nos ocurre.

También, al llegar a casa después del colegio, puedes salir a correr un rato para que la serotonina, cuya producción el ejercicio físico favorece, ponga sosiego al malestar que traes contigo, o puedes dejarte explotar airadamente contra todo el que se acerque a ti: tu madre, tu hermana, etc.

Además puedes decidir que durante la tarde el móvil se quede apagado y guardado en algún lugar fuera de tu habitación para no distraerte con él, o encendido y sobre tu mesa de estudio, so pretexto de que así podrás preguntar tus dudas de Matemáticas o de Inglés en el grupo de whatsapp de la clase, aunque sepas que así, de verdad, te vas a distraer más que concentrar…

En cada una de estas situaciones cabe que la decisión no te tome a ti y que tú seas quien, haciendo uso de tu inteligencia y de tu voluntad, tome la decisión. Ya lo sabes. Somos lo que hacemos… Pero también nos cabe la valiosísima posibilidad de hacer lo que decidamos ser.


Héctor decidió combatir con Aquiles y Ulises, regresar a Ítaca. Pero antes de tomar estas “catedralicias decisiones” que hacen héroes al que las protagoniza, el hombre “hace” su vida en el menudeo del día a día: en la decisión de atender o no en clase, de acercarse como amigo a Fulano mejor a Mengano, de salir o no a hacer deporte, de apagar o no el móvil antes de estudiar, de cumplir o no tu planificación semanal de estudios...

Cada una de estas “intrascendentes” decisiones -que llenan tu día, tu semana- tiene el “trascendente” valor de que gradualmente te van haciendo ser de uno u de otro modo; te van convirtiendo en la “encarnadura” de unos u otros principios: te hacen responsable o no, buena persona o no, trabajador o no, agradable con otras personas o no...



PARA PENSAR, COMPRENDER Y NUNCA OLVIDAR:


Ser lo que uno es y puede llegar a ser debe ser un “acto humano”, es decir, un acto pensado, deliberado, sopesado, decidido, racional y voluntariamente tamizado; y no un simple “acto humano” en el que apenas media posibilidad alguna de inteligencia ni de voluntad.




Esto es lo que les ocurre al búfalo y a la cebra. En lo que estos animales son y pueden llegar a ser no cabe ápice alguno de indeterminación. Para el búfalo, ser búfalo solo es un “acto de búfalo” y para la cebra, solo un “acto de cebra”. En los dos casos, actos involuntarios. Como los que ejecutan tus riñones.


Para ti, en cambio, lo que eres y puedes llegar a ser no debe, aunque puede, consistir en un impremeditado e irreflexivo “acto de hombre”, sino en un sesudo “acto humano”.

Por eso, en las lecciones anteriores te he invitado a hacer la lista de los actos que componen un día ordinario de tu vida, y indicar cuáles ellos fueron resultado de tu reflexión y no los realizaste sin pensar y casi sin darte cuenta.

No es lo mismo que seas lo que haces (“actos de hombre”) a que hagas lo que decides ser (“acto humano”). Porque nacemos biológicamente inmaduros, los hombres no nacemos hechos, perfectos, acabados… sino predispuestos. Y, por tanto, nos hacemos, sí o sí, en el menudeo de nuestros actos diarios. Casi nada de esto les ocurre al resto de los animales cuya vida es “acto de cebra”, “acto de buey”, “actos de abeja”, uno tras otro.

Por ejemplo, no es comparable el gesto de Héctor bajando a las puertas de Troya a enfrentarse con Aquiles, que el gesto de las hormigas soldado saliendo a las puertas del hormiguero a defender a la hormiga reina del enemigo invasor.

El de Héctor fue un “acto humano”, que no un “acto de hombre”; en cambio, el de la hormiga soldado es un “acto de hormiga”. A ésta la mueve el instinto; a Héctor también pudo haberlo movido el instinto, y en tal caso su comportamiento hubiera sido un “acto de hombre”, pero finalmente lo movió su inteligencia, su voluntad. 

Haz un descanso en la lectura y mira este vídeo sobre las hormigas soldado.

Y a continuación lee este texto adaptado de la Ilíada. Ya sabes que la Ilíada es el gran poemario en el que Homero cantó y contó la Guerra de Troya desde el punto de vista de los grandes héroes que la protagonizaron:
¿Y si ahora, dejando en el suelo el abollado escudo y el fuerte casco, y apoyada la pica contra el muro, saliera al encuentro de Aquiles, le dijera que le permitía que se llevase a Helena y las riquezas que Alejandro se trajo en sus naves? Esto es lo que desencadenó esta guerra de los griegos contra los troyanos. ¿Y si le ofreciera a Aquiles repartir la mitad de las riquezas de lo que esta espléndida ciudad contiene para que los troyanos, sin ocultar nada, hicieran lotes de los bienes para entregárselos a los soldados griegos?... Pero, ¿por qué mi cabeza me hace pensar en estas cosas?
Relee el texto. Date cuenta de que quien habla es Héctor instantes antes bajar a enfrentarse con Aquiles. ¿Qué entiendes que está haciendo? Te daré alguna pista.

Estando Aquiles a las puerta de la ciudad, Héctor podría haberse dejado llevar por el instinto de supervivencia. Podría haberse dejado llevar por el dictado de su amígdala, que es esa parte alojada en las profundidades del cerebro humano que nos alerta cuando nuestra vida corre peligro y automáticamente nos hace comportar de manera que evitemos el riesgo y salvemos la vida.

En suma, Héctor haber rehuido de un enfrentamiento en el que él sabía que iba a morir. Sin embargo, releyendo el texto anterior, te das cuenta de que, finalmente, Héctor no se dejó llevar por el instinto, por las órdenes de su amígdala.

Héctor no trató de encontrar una salida negociada, dando, por ejemplo, las riquezas de Troya a los griegos o devolviendo a Helena a su padre..

Lo que ocurrió luego puedes verlo en esta secuencia: Duelo entre Héctor y Aquiles.



PARA PENSAR, COMPRENDER Y NUNCA OLVIDAR:


El reto de la Ética es que el hombre, como consecuencia de la perversa tendencia a reducir los “actos humanos” a “actos de hombre”, no malgaste la valiosa oportunidad -que su inmadurez biológica, con la que no cuenta ni el búfalo ni la cebra ni la hormiga, le otorga- de hacer quien él decida ser.


Si no se hubiera detenido a pensar y le hubiera concedido a su voluntad la oportunidad de decidir, Héctor no hubiera protagonizado un “acto humano” sino un “acto de hombre” y su comportamiento hubiera sido semejante al de la hormiga soldado. 

La hormiga no sale a defender el hormiguero por virtud, sino por instinto; y Héctor no hubiera evitado el combate por virtud, sino también por instinto. La virtud solo es posible si la voluntad interviene, cuando existe la posibilidad de elegir comportamiento. Y eso parece que solo lo puede hacer el hombre.



PARA RESPONDER POR ESCRITO en el cuaderno de Ética:


  1. Vuelve a leer la Lección. Es más larga y difícil que las dos anteriores. Y haz un esquema de ella.
  2. ¿Qué diferencia hay entre un “actos de buey” y un “acto humano?
  3. ¿Por qué no son comparables las conductas de las hormigas soldado y la de Héctor?
  4. ¿Cuál es el gran reto de la Ética? Localiza en la Lección la respuesta y explícala correctamente con tus palabras.
  5. ¿Qué significa que “las decisiones intrascendentes del día a día realmente tienen un valor trascendente”?
  6. ¿Recuerdas el título de la Lección 2? Después de haber trabajado esta Lección debes saber explicar esta frase: TU DESTINO, SER LO QUE HACES; TU RETO, HACER LO QUE DECIDES SER.

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